En esta sección queremos responder algunas preguntas sobre la naturaleza que se encuentra en los Cerros, sobre sus servicios ecológicos y su relación con otros ecosistemas de la Sabana. Además, queremos justificar o ampliar ciertas afirmaciones que se hicieron en el video.

¿Qué podemos encontrar en los Cerros hoy?

(1) En el documento de la CAR (2009) Reserva forestal protectora Bosque Oriental de Bogotá: Inventario de fauna hay información detallada sobre lo que uno puede encontrar en los Cerros Orientales. 

En cuanto a los animales, hay una variedad interesante que incluye el tigrillo lanudo, el cusumbo, el borugo, la chucha, la pava de monte y diversas especies de colibríes. Dicho en números, son alrededor de 60 especies de mamíferos, 150 de aves, 6 de reptiles, 8 de anfibios y 3 de peces. O si se quiere un inventario más completo, se puede consultar este documento de la CAR (1).

Si vamos en busca de plantas, encontraremos especies nativas como el encenillo, el gaque, el aguacatillo, el arrayán, el chusque y el cedro, además de las extranjeras que abundan: pinos, eucaliptos y acacias. Y aunque se estima que sólo un pequeño porcentaje de la superficie total es bosque nativo original, alrededor del 56% ha logrado recuperarse y, en total, podemos encontrar más de 600 especies de plantas originarias creciendo hoy en los Cerros, entre plantas de páramo, subpáramo, bosque andino de laderas altas y bosque andino de laderas bajas.

¿Llegaron a ser casi un peladero?

En un magnífico artículo de Germán Camargo (1), tomado de www.cerrosdebogota.org, se cuenta la versión amplia de la historia de los Cerros. Su relato se remonta unos 40 millones de años, pero no vayamos tan lejos. Tomemos su palabra a partir de la Colonia, para recuperar la noticia de que los españoles fueron los primeros depredadores serios de la montaña (noticia que no sorprende).

Se dice que, antes de ellos, los indígenas tenían una relación más sostenible con los Cerros porque incluso los consideraban un lugar sagrado. Cedros, nogales, tíbares, chuwacás, encenillos, pinos romerones y muchas más especies hacían parte de los distintos ecosistemas que allí se desarrollaban. Estos ecosistemas empezaban con páramos en las puntas más altas y remataban en los pantanos y lagunas de la Sabana.

Todo eso fue sucumbiendo con el crecimiento de Bogotá. En un texto de la Secretaría de Planeación se lee una cita de 1834, de Augusto Le Moyne, sobre el estado de los Cerros: “tienen un aspecto triste lo mismo de lejos que de cerca, pues sus alrededores están desprovistos de árboles” (2). Esa era consecuencia del uso de la montaña como fuente de piedra, arcilla y madera para construir, cocinar y calentarse, a lo que se le sumaban los monocultivos y la ganadería que introdujeron los españoles.

En algún momento del desarrollo capitalino llegan la electricidad, la gasolina y el gas, que desplazan el uso de la leña. Se le da un respiro a la montaña y la vegetación empieza una restauración pasiva, principalmente el encenillo. Sin embargo, esta recuperación espontánea es escasa y lenta, de manera que la creciente y acelerada urbanización le toma ventaja y se lanza de nuevo sobre los Cerros con más canteras y barrios informales, lo que termina de pelar la montaña, porque tumban la vegetación para usar los materiales que están bajo ella o que ella misma ofrece y también la tumban para abrirles espacio a las nuevas viviendas.

Para ser claros, los Cerros en su totalidad no llegaron a ser un peladero. La ciudad se fue expandiendo en paralelo porque tenía espacio para crecer y, dado el ritmo de crecimiento y la geografía de la montaña, hubo pedazos que se salvaron. Muy al norte y muy al sur, los Cerros no sufrieron tanta depredación y también los pliegues de la montaña ayudaron a proteger la vegetación porque era difícil llegar hasta esos lugares. Dicho sea de paso, este es un tema que el mismo Germán Camargo toca en su entrevista.

Curiosamente, los Cerros sí eran un peladero desde la perspectiva de los bogotanos precisamente porque los lugares que estaban a la vista fueron los más afectados. De hecho, hay una relación interesante entre el tamaño de las canteras y el crecimiento de la ciudad. Las canteras que estaban arriba de la Candelaria eran más pequeñas que las que luego aparecieron arriba de Chapinero y, a su vez, estas eran más pequeñas que las de Usaquén y Usme. El punto es que, entre más grande era la ciudad, más intensa era la explotación de la montaña.

¿Cómo fue el proceso de reforestación?

Dando clic en este enlace podemos ver una comparación entre el antes y el después de la recuperación que hicieron los constructores.

(1) Secretaría de Planeación (2014), Caracterización físico espacial de la Franja de Adecuación, p. 136. Tomado de www.sdp.gov.co

(2) El Acuerdo 8 de 1915 autorizaba a la ciudad a comprar o expropiar predios allí donde nacieran las fuentes de agua que alimentaban el acueducto.

Desde 1915 el Acueducto de Bogotá empezó la compra de predios cercanos a los ríos San Francisco, San Agustín, San Cristóbal, Las Delicias y La Vieja (1) (2). El objetivo era proteger dichos ríos y los páramos de la deforestación y de la contaminación por parte de las canteras y los barrios informales. Esto fue así porque la destrucción estaba alcanzando unos niveles que generaron preocupación por las fuentes de agua.

Y tal vez un poco motivados por la naciente preocupación ambiental pero también por recuperar el paisaje verde de la ciudad, junto con otras entidades locales, se empezó un largo proceso de reforestación. El problema de esta reforestación fue, como dijimos en el video, que se sembraron especies exóticas, en su mayoría eucalipto (Eucalyptus globulus) de Australia, pino pátula (Pinus patula) de México, pino candelabro (Pinus radiata) de California, acacia negra (Acacia decurrens) y acacia “japonesa” (Acacia melanoxylon), ambas de Australia.

Estas especies se sembraron porque, para esa época, en Colombia no existía la idea de restaurar ecosistemas, mucho menos se contempló hacerlo con especies nativas. En cambio, otros países ya habían hecho pruebas con las especies mencionadas y se sabía que crecían rápido y, además, que servían para extraer madera.

Esto, por supuesto, mejoró el aspecto de Bogotá porque rápidamente la montaña volvió a ser verde. Pero se dice que fue problemático por varias razones. Una de esas razones es que estas especies secan el suelo y lo convierten en un entorno muy agresivo para la germinación de otras plantas. Además, estos árboles fueron sembrados unos muy cerca de otros, como una plantación de maderables y no como ellos crecen normalmente en los bosques de donde son originarios. Así que la sequía, la falta de espacio y de luz dificultan el desarrollo de la vegetación nativa a su alrededor.

¿Qué relación hay entre los eucaliptos y los incendios forestales?

Los incendios forestales en los Cerros se ven favorecidos por las especies extranjeras que se sembraron allí a principios del siglo XX. Pinos, eucaliptos y acacias poseen resinas que son muy inflamables.

No sólo los eucaliptos; también los pinos y las acacias son especies pirófilas. Esto quiere decir que tienen afinidad con el fuego, o sea, que se queman fácilmente y esto las favorece. Se queman fácil porque sus tallos, hojas y ramas están cargados con resinas y aceites inflamables. Los incendios las favorecen porque, aunque ellas también se quemen, a diferencia de las otras, estas especies exóticas pueden rebrotar con facilidad, es decir, resurgen de entre las cenizas. Por lo tanto, su estrategia de reproducción incluye favorecer el desarrollo de incendios forestales.

Entonces, los incendios en sí no son un problema para la vegetación exótica que hay hoy en los Cerros. E incluso hay varias especies nativas que están bien adaptadas al fuego y hacen parte de la vegetación de matorrales que dominan un buen porcentaje de la montaña. Sin embargo, para que se desarrollen bosques nativos de mayor porte, sería necesario prevenir los incendios de manera más efectiva, así como reemplazar pinos, acacias y eucaliptos por vegetación autóctona.

Ahora, tal vez el principal problema de los incendios forestales es el riesgo que representan para los humanos y, por su parte, los humanos causan más incendios de los que el ecosistema puede resistir.

Una vez más, Germán Camargo habla sobre este tema y pueden consultar su opinión en la entrevista que realizamos.

¿Con qué otros ecosistemas de la Sabana se relacionan los Cerros?

Tal vez la conexión más importante, cuya conservación deberíamos procurar con más empeño, es la que tienen los Cerros, al sur, con el páramo de Sumapaz y, al este, con el páramo de Chingaza. El intercambio genético de la fauna y de la flora de estos ecosistemas es necesario para fortalecerlos como unidad biológica.

Pero también hay otras conexiones. Por ejemplo, los Cerros Orientales son en gran medida responsables de proveer agua a varios de los humedales que sobreviven en la Sabana de Bogotá. Y aunque estos humedales son muy pocos y, en esa medida, se ha reducido mucho la oferta de servicios ecosistémicos que prestan, ellos continúan siendo muy importantes para la conservación de las especies únicas que los habitan.

Antes de que la ciudad fuera una gigantesca consumidora de agua, estos humedales tenían un mejor desarrollo de la vegetación y eran un hábitat más adecuado para patos, garzas, tinguas, peces y muchos otros animales nativos. Pero, a lo largo del siglo XX, los humedales han desaparecido casi por completo, sobre todo porque han sido drenados o rellenados.

¿Cuál es el impacto de habitar los Cerros Orientales?

El verdadero problema de habitar los Cerros es cuando esto se hace de manera informal porque, de esta manera, no hay acceso a los mecanismos adecuados para minimizar el impacto sobre la naturaleza.

Hay que distinguir dos tipos de habitación de los Cerros: la formal y la informal. Esto es importante, porque el problema de construir en la montaña no es la construcción en sí misma, sino la manera como se desarrolla.

El problema de la ocupación informal de los Cerros con barrios y canteras es que la realizan particulares que no están coordinados con planes de urbanización y manejo pensados a escala global (o sea, con estudios técnicos), sino que afectan la montaña guiados por sus necesidades personales. En ese sentido, talan y degradan la vegetación para extraer madera y piedra; usan el agua de manera indebida; la contaminan arrojando basuras o aguas residuales; y cazan y ahuyentan la fauna silvestre. Muchas de estas cosas no las hacen de mala fe, sino porque es lo que tienen a la mano para garantizar su vivienda. Y es lo que les toca porque, al ser informales, no están conectados con el equipamiento básico que provee el Distrito para la urbanización.

La ocupación formal de los Cerros, en cambio, obedece y ha obedecido a planes diseñados por el mismo Distrito, como intentamos aclarar en el video. Esos planes han sido el resultado de estudios técnicos y han formulado estrategias para mitigar el impacto de la ocupación, empezando por los equipamientos básicos para el control de aguas residuales. Por supuesto, la iluminación y el ruido que suponen las viviendas siempre impactarán las zonas aledañas, pero el propósito de habitar los Cerros de manera formal y diseñada es frenar el crecimiento descontrolado (informal) de Bogotá hacia la montaña.

Ahora bien, el hecho mismo de tener una ciudad de 8 millones de habitantes supone un impacto a la vida silvestre de los Cerros. Piensen en el rugir de la ciudad, la contaminación y la manera como ilumina la montaña en la noche, ni hablar de los fuegos artificiales y demás fuentes de ruidos intensos. Sin embargo, la montaña tiene una topografía complicada que crea lugares escondidos donde los animales pueden resguardarse. Y bien adentro de los Cerros, detrás de la primera cadena de montañas que mira a la ciudad, podemos encontrar un ambiente rural muy tranquilo.

Entonces, ¿construir o no construir en los Cerros Orientales?

Por supuesto, una construcción habitable dentro de la naturaleza siempre tendrá un impacto indeseable para muchas de las especies más tímidas o delicadas de fauna y para las especies más sensibles de la flora. No importa qué tan amigable con el medio ambiente ésta sea. Sin embargo, el problema de los Cerros es más complejo que eso. Las alternativas que se les plantean a los Cerros de Bogotá no son tan simples como “conservemos la naturaleza prístina” vs. “construyamos edificios”. Cualquiera que intente reducir el problema a eso o es muy ingenuo o está tratando de manipular la opinión de otros.

Para empezar, no hay tal cosa como una naturaleza prístina en los Cerros. Ya lo hemos dicho muchas veces. Y por otro lado, el problema no es construir o no construir; el verdadero problema es definir la estrategia más efectiva para frenar la ocupación informal de los Cerros con barrios y canteras.

La estrategia que se propuso bajo el Acuerdo 6 de 1990 fue la construcción bajo una condiciones muy específicas (clic acá para conocerlas). En términos ecológicos, estas construcciones, por una parte, se pensaron para cerrar el borde de la ciudad y evitar el crecimiento hacia la montaña y, por otra parte, eran posibles sólo gracias a un proceso de recuperación y reforestación (ahora sí con especies nativas) que tenían que hacer los constructores para obtener los permisos (como lo dijimos en el video).

La pregunta que nos queda es, entonces, por la estrategia más efectiva para proteger los Cerros Orientales de Bogotá y para resolverla es necesario adelantar la discusión de manera informada.